viernes, 17 de junio de 2011

¡No Baja!

Dicen que Capurro es un barrio donde los árboles se inclinan para saludarte.
Un barrio trabajador donde sus solidarios vecinos se proyectan en dos colores.
Que tiene un hijo divino que se prendió fuego y  milagrosamente volvió de la parca convertido en pájaro para andar los campitos a pelotazo limpio.
Dicen que por las noches los fantasmas de los hinchas del club de la comarca, invaden las calles desoladas, buscando un tejido donde apoyarse para insultar al juez y a la vida ingrata que siempre pita en contra. Que lanzan bocanadas de alma al viento para soplar la pelota y empujarla a un destino mejor.
Dicen que el Fénix siempre es un muerto que agoniza y que sobre la hora pega el volantazo para quedarse un año más en el mundo de los vivitos y coleando.
Dicen que es chico y no tiene gloria por eso generó tanta mística. Leyenda de cada batalla de sábado de tarde en canchas que eran desiertos de invierno donde la desidia se hacía pelota. Descensos a los infiernos del balompié donde las lágrimas de tristezas de los hinchas hacen surcos en las mejillas.
Dicen que del sufrimiento se hizo abrazo de amigo, sonrisa de hermano y beso de mujer.
Dicen que son pocos sus hinchas porque que la mayoría no va porque tienen miedo de quedar secos de un infarto porque cada punto vale una vida y esa vida pende de un hilo y ese hilo se tambalea cada fin de semana. Los que van agonizan  minuto a minuto en una especie de tragedia griega que se escribe una y otra vez. Vienen de todas partes y van a todas partes porque visitan todos los campos. No saben de tribunas techadas ni de plateas. No saben de buenos tratos. No saben  de justicia. Solo saben que ese corazón quedará pegado del alambrado para dejar de bombear cuando el árbitro levante los brazos para anunciar que el desahogo final ha llegado. Uno pasa décadas compartiendo penurias con esos peregrinos, pero ni siquiera sabe sus nombres, son solo hermanos. Por eso, en esos fines de semanas donde no hay ni viaje ni combate, aparece un vacío que ni un cine ni una novia pueden llenar. El cuerpo no es el mismo. La garganta se aburre para que una siesta depresiva la acaricie en sueños.

Dicen que esa camiseta es única en el mundo. Por más que otros clubes tengan los mismos colores nunca los conjugaron en mitades. Por eso, hasta Jaime Roos se la puso para ser tapa de uno de los mejores discos de su carrera, por eso Falta y Resto nació en su sede. Por eso se sabe que es más que un club. Es una artística y humilde nobleza obrera que flota en el perfume de los jazmines de sus veredas. Es un boxeador curtido que frente a la bahía  fumando espera su próxima pelea.

Porque cuando estás tirado en la vía de la existencia y el duro trajinar te pega en el piso, desde las entrañas del barrio Melchor, El Llanero, Vintén, Tallarín y el niño Calatrava vienen a sacar la cara por vos y son capaces de pegarle a todo lo que se mueva para que te levantes y si no te levantás también  te pegan a vos.

Todos sabemos que los demás dicen que no pueden creer que este David se cuele por debajo de la puerta para aguarles la fiesta. Intentan descubrir que raro hechizo lo hace tan especial. Es más fácil ser de otro. Es cómodo ser grande. Pero el éxito consiste en soportar todos los fracasos. Por eso cada derrota es una desgracia sin nombre y cada triunfo una copa intercontinental.
Por eso esta pasión siempre vive en un sótano fileteando jornadas épicas. Por eso no baja.

Porque nunca tan pocos pueden gritar tanto como para enmudecer a miles.
Por eso y por tantas cosas dicen también, que quienes no pertenezcan a ese divino embrujo nunca lo van a entender.


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