"EL NIÑO"
Uno de los recuerdos más hermosos que tengo de mi infancia (Infancia: la única patria verdadera de un hombre) es ver a mi madre cocinando frente a una gran ventana. Ese cálido momento en las horas previas al mediodía, cuando la luz del sol potenciaba su nobleza y su hermosura. A sus espaldas confundida entre el humo y el aroma de comida casera que invadía la casa, se encontraba una vieja radio. Ese aparato acompañaba la elaboración del artesanal alimento familiar.
Desde aquel aparato una voz cruzaba los vapores de las ollas, los olores del horno y los rayos solares. Una voz dulce y potente. Siempre la misma voz. Siempre. A aquella mujer le hacía bien escucharlo. Ella siempre decía sobre ese cantante mientras cortaba las verduras: “Tiene escena. Se posesiona.” Acto seguido el locutor de la radio decía: “Ha cantado “El Niño”
Los años pasaron.
Yo ya no era un niño
Mi madre siguió cocinando.
Y “El niño” de la radio seguía siendo “El Niño”.
Quiso el destino que esta fascinante vida de actor me depositara en España para estudiar dramaturgia y dirección. Era verano. Mucho calor. Madrid no estaba seca. Estaba crocante.
Una tarde compré un periódico para ver la oferta teatral de la ciudad. Casi como un pequeño aviso clasificado vi un anuncio: “El Niño” festeja 40 años de trayectoria”. A mi retina vino mi madre y su delantal y esa ventana y esa luz y esa voz….
Era lunes y ese mismo día lo fui a ver.
Enfundado en mis ropas de incrédulo y curioso: fui.
Influenciado por lo bizarro y lo kitsch: fui.
Prejuzgando: fui.
A pasar el rato: fui.
Eran las 10 de la noche y el sol todavía se paseaba de una esquina a otra de La Gran Vía, como retando a la oscuridad. En aquel teatro gigante la platea baja estaba llena y en la de arriba (obviamente más barata) entre otros estábamos una señora mayor sola, dos punks y yo.
Ya lo de los punks me llamó la atención. Hasta que sonó el teléfono móvil de uno de ellos. Era su madre. Porque los punks también tienen madre.
“Hola mami. Estoy en un teatro. Vine a ver al Rafa. No, no estoy drogado. Estamos acompañando a Raphael. Nunca te lo dije pero a mi amigo y a mí nos mata.”
Decidí tomar el tiempo de la actuación ya que los años no pasan en vano, calculé.
Pasó una hora de show. Dos horas. Tres horas. Tres horas y media.
“El Niño” bailó, se sacó el saco, lo tiró, se tiró en un sillón, revoleó un banco, rompió un vaso, mojó el escenario, rompió un vidrio de una patada…
Era un verdadero punk rocker. Sid Vicious era un bebé de pecho al lado de “ese” niño. Ahora entendía a esos dos jovencitos con las crestas pintadas de rojo como gallitos indefensos mirando boquiabiertos al igual que yo, como este pequeño gran hombre se movía sobre el escenario. Un maldito volcán me abofeteó esa noche. Casi ni habló. Solo una vez, cuando desde la platea un hombre le gritó:
“Que aprendan Raphael. Tu si eres un profesional”
A lo que contestó.
“Déjalo así. ¿Si los demás aprenden yo que hago?”
Lo cierto es que nunca había visto algo así. Arrollado por ese tren salí del teatro. Por fin era de noche. Los punks se fueron pateando un tacho de basura mientras gritaban: “No me mires así que me molesta…”
A las mismas estrellas les prometí que desde ese momento en adelante, seguiría la carrera de ese artista. Ese cantante era digno de mostrarse en las escuelas de teatro. Todo aquel que anhelara pararse frente a un público debería ver ese tipo de performance. Esa energía que sale de lo más profundo del corazón.
Amor puro que se materializa a través de un don único.
Esa noche me habían dado una lección.
Luego en la Feria del Rastro no compré ni carricoches de miga de pan ni soldaditos de lata. Compré un disco doble de Raphael.
Volví de mi beca y lo único que contaba como experiencia artística realmente movilizadora, no eran ni los trabajos de escritura, ni las obras teatrales, ni el intercambio cultural… era solamente ese recital.
Como un detective montado a la máquina del tiempo empecé a recorrer las hazañas de este gladiador de la canción, me enteré que se apoderó de tierras lejanas, que había convocado multitudes y con el milagro de su formalidad siempre dio que hablar. Amigo del riesgo y la osadía artística, saltó en carne viva ese trampolín quedando siempre expuesto. Sabido es, que quien vuela alto tienta a las flechas de los ineptos. Estas, apuntan al lugar donde más duele, queriendo dañar el corazón, pero la armadura de su personalidad hizo que estas se quebraran antes de llegar a destino.
Tuve que esperar 6 años para verlo en vivo nuevamente, en mi país. Agotadas ya las entradas, conseguí en la última fila de la platea un lugar. Casi a oscuras y en silencio su figura se recortó cantando sin música de fondo sorprendiendo a la gente que como una hoguera se encendió al instante. Así empezó su show y con la calidez de un artesano volvió a generar ese clima que solo él sabe crear.
De repente en primera fila algo grande de telas blancas y negras se levantó y se movió endemoniadamente. Me costó descifrar con certeza a ese objeto de movimientos eléctricos. Era una monja. Una monja totalmente desacatada que saltaba al ritmo de “Escándalo, es un escándalo” y ni Dios podía contenerla. Pero Dios tampoco quería hacerlo, pues él también, con celestial sonrisa se deleitaba con la voz del maestro. Ave María.
4 años después. Otra ciudad. El mismo fanatismo.
La calle Corrientes estaba ansiosa. Se frotaba las manos y el sudor de su asfalto esperaba en uno de sus máximos teatros el canto prodigioso con sabor a miel de nuestro amado performer.
Al lado mío se sentó una actriz muy conocida. Su hijo la había llevado. Su salud estaba tambaleante. Su cara triste era el reflejo de un alma que se apagaba. El público la reconoció. Una señora se le acercó y le dijo:
“¿A usted también le gusta Raphael?”
Y ella contestó: “Si. Desde siempre. Me hace bien”.
Los teatros tienen un olor especial. Dicen que los habitan fantasmas, que la magia se anida en sus rincones más ocultos y cuando las luces se apagan, pequeños duendes hacen de las suyas. Y ahí salió él. Brillante. Atleta listo para empezar la maratón. Cada canción una batalla ganada. Cada tema un pedazo de un maravilloso corazón. Intacto y sutil. Ético y profesional. Exactamente igual que el primer día que el río de su voz inundó los auditorios.
Entonces la mujer, la actriz, sonrió, se paró, gritó y se curó. Como en un tratamiento relámpago recibió aquella energía de su ídolo y al terminar esa sesión fue otra: exuberante, plena, ganó el pasillo de la mano de su hijo. La vida se le alargó. Antes de llegar a la puerta se dio vuelta y llorando de alegría gritó: “Gracias”
Bien lo dice el musical “El pasajero”: “La Vida tiene errores que solo el arte puede corregir”
Pero humildemente agrego, que solo algunos pocos pueden ser intermediarios del mismo. Este es un artista mezcla de prodigio y tesón. Un elegido que eligió muy bien su camino y nunca se aparto de él. Dedicado a su público, que es el único bien que puede tener un verdadero grande, su garganta como espada siempre dio estocadas letales. No hay torero que mate a ese toro.
Curiosamente a veces ni bandas, ni coros, ni ballets pueden llegar a conmover lo que conmueve un solo hombre.
Conquistador agradecido de iluminada sonrisa. Concentrado en su oficio vio arrodillarse a la envidia ganándose la veneración de los de a pie.
Su voz, as de luz, para todos. Para el pueblo.
Siendo aquel mil y una veces.
Por eso, ahora que el tiempo ha pasado y ha dejado de lado la competición, hoy estamos todos con él: los punks, las monjas, las actrices tristes, mi madre cocinando…
Y aquellos mediodías de mi infancia vuelven envueltos en el aroma de un plato caliente, tan rico y añorado como esa voz que acompañaba aquel paisaje…
Como esa voz que siempre nos acompañará...

Muy buen artìculo, y acabo de verlo el 18 de mayo, recièn. Lo habìa visto en vivo ya antes, en el mismo lugar Palacio Peñarol de Montevideo hace unos 10 años al menos. Repleto de gente que no dejaba de aplaudir, cantar y bailar .Aquella vez y ahora. La misma energìa, su misma sencillez, educaciòn, dominio del escenario, su don de gentes, y esa maravillosa voz, que si en algo pudo haber cambiado con los años, con su tècnica lo maneja estupendamente.Cantò sin micròfono,casi media canciòn en un estadio !!Como probando que era el mismo.
ResponderEliminarUna orquesta excelente y su simpatìa lo acompañan siempre. Y aunque parezca una historia, se bien que no lo es porque pude comprobarlo, no paraba de bailar y de fotografiarlo...una monja , con su ropa gris de religiosa !!parada casi todo el tiempo en las primeras filas del teatro/estadio enorme repleto de gente que no le permitìa irse, luego de dos horas de hermosas canciones. Un grande !!Con ahora 50 años de trayecoria. Ole Rafael !!